viernes, 11 de marzo de 2011

La convención del 2009 y el valor de la memoria



Un mal no se subsana con otro mal. Pretenderlo sería corromper de manera irreparable la noción de bien y de justicia. Un mal solo puede ser enmendado por su contrario. Por tanto, sería hipócrita, por no decir perverso, echar mano, como argumento ad hominem, de lo que hace diecisiete meses protagonizaron los que hoy se dicen agraviados por los supuestos o reales errores de la comisión organizadora de la convención del Partido Revolucionario Dominicano presidida por Enmanuel Esquea Guerrero.

Mas la memoria, dice Juan Delval citado por Fernando Savater en El valor de educar, es “un sistema muy activo de reelaboración de la experiencia pasada, siempre que lo recordado tenga algún significado. Recuerdo y comprensión son indisociables”.

La memoria, entonces, debe servir para algo. Debe ser útil tanto a los actores de los hechos como a quienes, desde las gradas del desencanto, contemplan con pena en la mirada el proceder elefantino de los aspirantes a regir nuestro destino colectivo. Y debe ser útil también a aquellos en los que la rabia leva con la levadura del descaro ajeno.

Hagamos memoria, pues, para poder comprender.


Es 28 de septiembre de 2009 y el PRD celebra una convención para elegir –si no recuerdo mal— la totalidad de los cargos directivos. Pero dos eran espina clavada en el proyecto que hegemoniza al PRD: las secretarías general y de organización. Frente a los indigeribles Guido Gómez Mazara y Tony Peña Guaba, los ungidos por el poder que se construye, Orlando Jorge Mera y Geanilda Vásquez. Apenas unas pocas horas después de terminadas las votaciones, la comisión electoral, encabezada por Tomás Hernández Alberto, emite un primer boletín dando una inalcanzable ventaja a Jorge Mera y Vásquez. Como estridencia de fondo, la autoproclamación de Gómez Mazara y su alerta de los intentos de escamotearle el triunfo.

De nada valieron los alegatos del ex consultor jurídico del gobierno de Hipólito Mejía ni de Peña Guaba, quienes presentaron a diestra y siniestra las supuestas pruebas de la falsedad de los resultados. El 30 de septiembre, con una celeridad inédita en las siempre turbulentas convenciones perredeístas, la comisión organizadora y su presidente Hernández Alberto declararon ganadores a los escogidos por Miguel Vargas Maldonado. Más aún, el 3 de octubre, Hernández Alberto califica los resultados de “irreversibles”: había vencido el plazo de las impugnaciones sin que Gómez Mazara y Peña Guaba, que a esas alturas enronquecían de tanto gritar ¡fraude!, presentaran recursos atendibles. No conforme, calificó de “seudoimpugnación” la sometida por los dos afectados. Juicio de valor, no hay quien lo dude.

Como quien ve llover protegido de la lluvia, Hernández Alberto habló de carencia de fundamento legal de las alegaciones de Gómez Mazara y Peña Guaba. Además, y lo afirmó sin el menor sonrojo, la impugnación debía ser presentada en los centros de votación, lo que no ocurrió. Cuestión de oportunidad desperdiciada. Gómez Mazara y Peña Guaba podían irse con su música a otra parte porque la acústica del “nuevo PRD” no los favorecía.

¿Pero solo esto es recordable? No, el vodevil de entonces tuvo otros momentos estelares. Como aquel anuncio del 4 de septiembre de que la comisión organizadora sopesaba dejar votar a cualquier militante de una organización contraria al PRD que hicieran auto de fe cuasi religioso: declarar, mediante el llenado de un formulario, su formal afiliación al perredeísmo. ¿Depuración del padrón? No, acto de contrición. Sublimación del transfuguismo más burdo y oportunista desechada, según dijo Hernández Alberto el 24 de septiembre en visita al periódico Hoy, porque podía provocar “situaciones no agradables y producir un exceso de democracia”.

Lo dijimos al principio, un mal no se subsana con otro mal. Pero tampoco ningún hecho, ni humano ni social, puede ser a la vez túmulo y tálamo. Una cosa o la otra. En el colegiado tribunal de la vida, la memoria es juez. Recordar ayuda al veredicto.


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