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martes, 17 de mayo de 2011

El ruido insoportable



Hasta hace poco tiempo atrás, la zona donde vivo era tranquila. Un paraíso, casi, para mí, que abomino del ruido, de la música alta que se cuela en la casa desde el exterior, de la voz estridente que es nuestra marca-país cultural.

Ahora no. Ahora la zona donde vivo es tránsito al parecer obligado de todos aquellos que han instalado un equipo súperpotente a sus vehículos y no se conforman con saberlo ellos y sacian la urgencia patológica de que todos se enteren recorriendo todas las calles de la ciudad. Que gastaron miles incontables de pesos en la adquisición de ese “bien” debe ser conocido por la mayor cantidad de gente, sino habrían fracasado.


A cualquier hora del día, incluidas las de una madrugada que debe ser apacible, los más diversos géneros musicales golpean brutalmente los tímpanos y despiertan al dormido. La testicular testosterona dispara la libido del conductor del vehículo: el dueño del portento tecnológico alcanza el clímax con esta demostración de poder incontrolable sobre centenares de anónimos en sus camas. Que se friegue medio mundo.


También, y sobre todo en las madrugadas, están los “hijos de papi y mami”, que dañan las gomas de sus vehículos con unos “acelerones” que hacen prever lo peor a quien despierta el ruido premonitorio de la velocidad excesiva. Ellos son amos y señores de las asfaltadas avenidas sobre las cuales, muy posiblemente, se elevan las torres donde papi y mami duermen con la placidez con la que, supongo, deben dormir los dueños del mundo en sus habitaciones insonorizadas.

Como si todo esto fuera poco, a las seis de cada ineludible mañana, un grupo de apolíneos corredores obedece con encomiable disciplina las órdenes amplificadas por un megáfono del jefe de grupo. Son consignas muy parecidas a las castrenses. Ellos corren a paso doble por el inconcluso parque Centenario de Joaquín Balaguer para, ya en condiciones óptimas de calentamiento, avanzar hacia la avenida ¿de la Salud? Acodada en el balcón, con los ojos que se cierran de sueño, compruebo que esta decena de hombres pareciera estar convencida de que entrena para defender la patria y no para fortalecer la musculatura. ¿Qué a esa hora muchos duermen? Peor para ellos. Lo que importa es que –otra vez— la testosterona cumpla su masculina función.


Pero no solo ellos, hay que ser justas. Sobre todo los fines de semana, cuando la permanencia en la cama se prolonga porque el trabajo no espera, un evangelista nos despierta a las seis de la mañana con sus mensajes de condenación irremediable de todos, absolutamente todos, los pecadores. Vocifera citas bíblicas desde una yipeta último modelo, lo digo porque la he visto. Él no lo sabe, y ni siquiera lo sospecha, pero su abusiva e impune conducta fertiliza mi descreimiento.

Y mejor es no hablar del “delivery” y sus motos sin tubos de escape (que aquí llamamos “mofler”). Una lo piensa y dan irreprimibles ganas de llorar. Jóvenes y muy jóvenes todos, los “deliverys” son la nueva y amenazadora plaga urbana. Como los que “cepillan” las gomas de sus autos en las avenidas que les pertenecen, los “deliverys” atruenan las calles de la clase media, donde parecen vengarse de la diferencia social.

La ciudad tiene sus propios ruidos identitarios: el pregón de los vendedores, el del tránsito obligado, el que sale, junto a magníficos olores, de las casas donde se recrea la vida… Son ruidos humanos producidos por la humanidad de la gente que puebla esta ciudad anómica. Los otros son abusos de quienes tienen poder, o creen tenerlo, contra todo el resto.

Hay leyes contra el ruido que no se cumplen nunca. Hay autoridades que deberían actuar y no lo hacen. Hay un país en el mundo que no conoce reglas. Está a la deriva.





jueves, 18 de junio de 2009

Caridad inicua



Por definición teológica, la caridad es la virtud entre virtudes. Permite amar a Dios por Él mismo y sobre todas las cosas y, por su mediación, amar a los semejantes con un amor al que no le importa ser piedra de autosacrificio. Interpretada en su sentido lato, la caridad es amor en estado puro.

Y sin embargo, en un mundo de valores no infundidos por la divinidad de cualquier panteón, la caridad fue ganando poco a poco mala fama. Razones ha habido de sobra y prestadas por ella misma: de amor por el otro, semejante al propio, caminó apresuradamente para situarse bajo los focos del escenario y se convirtió en espectáculo. La caridad dejó de ser la relación de amor que igualaba en humanidad –y en la humanidad— al amado y al amante, para ser acto que demarcó jerarquías entre el donante y quien recibe su donación. Las gratificaciones del que da son muchas. Y primera entre todas la épica imagen de si mismo. Porque es pródigo, salva; y porque salva, es bueno; y porque es bueno y salva, debe tener asegurada su propia salvación. La caridad, silogística, se asienta en registros contables.

Y allí van las bonísimas damas y los bonísimos caballeros, con un tropel de cámaras detrás, y relacionistas públicos que ahítan las redacciones reclamando la publicidad del acto; van, repito, a repartir la donación caritativa, conseguida casi siempre en cenas, exposiciones de joyas, desfiles de moda, tardes de té, de vino, de sombreros… donde el lujo y la banalidad son ofensivos. Dice Víctor Manuel, quizá demasiado radical, que “el hombre que inventó la caridad, inventó al pobre y le dio el pan”.

Con los años y el desarrollo de los medios de comunicación, la caridad sale del ámbito privado o reducido para pavonearse ante públicos numerosos, a veces multitudinarios, sobre todo con ocasión de grandes catástrofes. Es la “ética indolora” de un mundo de valores crepusculares que llega a pervertir, incluso, el ejercicio de la solidaridad que, a diferencia de la caridad, pisa firme en la reivindicación de la justicia y de la igualdad como derecho.

También de un tiempo a esta parte la “caridad” –ya es tiempo de poner la palabra entre comillas— ha invadido el espacio político, y no solo en forma de clientelismo pervertidor, aunque rentable para sus practicantes. Una buena cantidad de funcionarios, sobre todo los que ocupan cargos electivos, están inoculados del virus de la caridad “business class”. Planean con sus estrategas una campaña para, por ejemplo, calzar a los niños descalzos, y tocan las puertas de empresarios “amigos”, comercios, etcétera, para conseguir llenar sus alforjas con material de ínfima calidad. Y con eslóganes altisonantes conmueven a otras almas igualmente caritativas y las convencen de hacer espacio en sus armarios deshaciéndose de lo que los niños y niñas de la casa no usarán más porque pasó de moda y ya es improductivo para sus egos.

Cuando tienen suficiente o creen tener suficiente, estos funcionarios políticos se van a las escuelas de los barrios marginados –llenos de basura, aguas negras, calles lunares, desempleo, hambre, delincuencia, prostitución y, en fin, todos los males típicos de la inequidad social— y allí sientan a un niño o una niña en una silla, toman cuidado de no ensuciarse el pantalón cuando se inclinan, y lo calzan con un par de esos zapatos regalados. La foto que capta ese momento de humillación de la criatura recorrerá las redacciones como prueba irrefutable de que gracias a la bondad personal y política del calzador de turno, por lo menos en la capital habrá “cero niño descalzo”.

No sé si los padres fueron previamente informados, y consintieron en ello, de que estas criaturas serían convertidas en objeto de propaganda y, por tanto, de explotación política. De que su dignidad, que la pobreza no impide, sería vulnerada tan asquerosamente. Tampoco sé si el calzador de turno está consciente de que viola el Artículo 12 del Código para el Sistema de Protección y los Derechos Fundamentales de Niños, Niñas y Adolescentes, Ley 136-03, que dice textualmente: “DERECHO A LA INTEGRIDAD PERSONAL. Todos los niños, niñas y adolescentes tienen derecho a la integridad personal. Este derecho comprende el respeto a la dignidad, la inviolabilidad de la integridad física, síquica, moral y sexual, incluyendo la preservación de su imagen, identidad, autonomía de valores, ideas, creencias, espacio y objetos personales.

Párrafo.- Es responsabilidad de la familia, el Estado y la sociedad protegerlos, contra cualquier forma de explotación, maltrato, torturas, abusos o negligencias que afecten su integridad personal”.

Quizá no necesite saberlo. Con ser cómico le basta.